Jornada I En la amena soledad de aquesta apacible estancia, bellísimo laberinto de árboles, flores y plantas, podéis dejarme, dejando conmigo, que ellos me bastan por compañía, los libros que os mandé sacar de casa; que yo, en tanto que Antioquía celebra con fiestas tantas la fábrica de ese templo que hoy a Júpiter consagra, y su translación, llevando públicamente su estatua adonde con más decoro y honor esté colocada, huyendo del gran bullicio que hay en sus calles y plazas, pasar estudiando quiero la edad que al día le falta. Idos los dos a Antioquía, gozad de sus fiestas varias y volved por mí a este sitio cuando el sol cayendo vaya a sepultarse en las ondas que entre obscuras nubes pardas al gran cadáver de oro son monumentos de plata. Aquí me hallaréis. No puedo, aunque tengo mucha gana de ver las fiestas, dejar de decir, antes que vaya a verlas, señor, siquiera cuatro o cinco mil palabras: ¿es posible que en un día de tanto gusto, de tanta festividad y contento, con cuatro libros te salgas al campo solo, volviendo a su aplauso las espaldas? Hace mi señor muy bien, que no hay cosa más cansada que un día de procesión entre cofrades y danzas. En fin, Clarín, y en principio, viviendo con arte y maña, eres un temporalazo lisonjero, pues alabas lo que hace y nunca dices lo que sientes. Tú te engañas; que es el mentís más cortés que se dice cara a cara, y yo digo lo que siento. Ya basta, Moscón; ya basta, Clarín. ¡Que siempre los dos habéis, con vuestra ignorancia, de estar porfiando y tomando uno de otro la contraria! Idos de aquí, y como digo, me buscaréis cuando caiga la noche envolviendo en sombras esta fábrica gallarda del universo. ¿Qué va que, aunque defendido hayas que es bueno no ver las fiestas, que vas a verlas? Es clara consecuencia: nadie hace lo que aconseja que hagan los otros. Por ver a Libia, vestirme quisiera de alas. Aunque, si digo verdad, Libia es la que me arrebata los sentidos. Pues ya tienes más de la mitad andada del camino, llega, Libia, alma, y sé, Libia, liviana. Ya estoy solo, ya podré, si tanto mi ingenio alcanza, estudiar esta cuestión que me trae suspensa el alma desde que en Plinio leí con misteriosas palabras la difinición de Dios; porque mi ingenio no halla ese dios en quien convengan misterios ni señas tantas. Esta verdad escondida he de apurar. Aunque hagas más discursos, Ciprïano, no has de llegar a alcanzarla, que yo te la esconderé. Ruido siento en estas ramas; ¿quién va?, ¿quién es? Caballero, un forastero es que anda en este monte perdido desde toda esta mañana; tanto, que rendido ya el caballo, en la esmeralda que es tapete destos montes, a un tiempo pace y descansa. A Antioquía es el camino a negocios de importancia; y apartándome de toda la gente que me acompaña, divertido en mis cuidados, caudal que a ninguno falta, perdí el camino y perdí crïados y camaradas. Mucho me espanto de que tan a vista de las altas torres de Antioquía, ansí perdido andéis. No hay, de cuantas veredas a aqueste monte o le linean o le pautan, una que a dar en sus muros, como en su centro, no vaya. Por cualquiera que toméis vais bien. Esa es la ignorancia: a la vista de las ciencias, no saber aprovecharlas. Y supuesto que no es bien que entre yo en ciudad extraña, donde no soy conocido, solo y preguntando, hasta que la noche venza al día, aquí estaré lo que falta; que en el traje y en los libros que os divierten y acompañan juzgo que debéis de ser grande estudiante, y el alma esta inclinación me lleva de los que en estudios tratan. ¿Habéis estudiado? No; pero sé lo que me basta para no ser ignorante. Pues, ¿qué ciencias sabéis? Hartas. Aun estudiándose una mucho tiempo, no se alcanza, y vós, ¡grande vanidad!, sin estudiar, ¿sabéis tantas? Sí, que de una patria soy donde las ciencias más altas, sin estudiarse, se saben. ¡Oh quién fuera de esa patria! Que acá, mientras más se estudia, más se ignora. Verdad tanta es esta que, sin estudios, tuve tan grande arrogancia, que a la cátedra de prima me opuse y pensé llevarla porque tuve muchos votos; y aunque la perdí, me basta haberlo intentado; que hay pérdidas con alabanza. Si no lo queréis creer, decid qué estudiáis, y vaya de argumento; que aunque no sé la opinión que os agrada, y ella sea la segura, yo tomaré la contraria. Mucho me huelgo de que a eso vuestro ingenio salga: un lugar de Plinio es el que me trae con mil ansias de entenderle, por saber quién es el dios de quien habla. Ese es un lugar que dice, bien me acuerdo, estas palabras: «Dios es una bondad suma, una esencia, una substancia, todo vista, todo manos». Es verdad. ¿Qué repugnancia halláis en esto? No hallar el dios de quien Plinio trata; que si ha de ser bondad suma, aun a Júpiter le falta suma bondad, pues le vemos que es pecaminoso en tantas ocasiones: Dánae hable rendida, Europa robada. Pues, ¿cómo en suma bondad, cuyas acciones sagradas habían de ser divinas, caben pasiones humanas? Esas son falsas historias en que las letras profanas, con los nombres de los dioses, entendieron disfrazada la moral filosofía. Esa respuesta no basta; pues el decoro de Dios debiera ser tal, que osadas no llegaran a su nombre las culpas, aun siendo falsas. Y apurando más el caso: si suma bondad se llaman los dioses, siempre es forzoso que a querer lo mejor vayan; pues, ¿cómo unos quieren uno y otros otro? Esto se halla en las dudosas respuestas que suelen dar sus estatuas. Porque no digáis después que alegué letras profanas: a dos ejércitos dos ídolos una batalla aseguraron, y el uno la perdió. ¿No es cosa clara la consecuencia de que dos voluntades contrarias no pueden a un mismo fin ir? Luego yendo encontradas es fuerza, si la una es buena, que la otra ha de ser mala. Mala voluntad en Dios implica el imaginarla; luego no hay suma bondad en ellos si unión les falta. Niego la mayor, porque aquesas respuestas dadas así, convienen a fines que nuestro ingenio no alcanza, que es la providencia; y más debió importar la batalla al que la perdió el perderla, que al que la ganó el ganarla. Concedo; pero debiera aquel dios, pues que no engañan los dioses, no asegurar la vitoria; que bastaba la pérdida permitirla allí, sin asegurarla. Luego, si Dios todo es vista, cualquiera dios viera clara y distintamente el fin; y al verle, no asegurara el que no había de ser. Luego, aunque sea deidad tanta distinta en personas, debe en la menor circunstancia ser una sola en esencia. Importó para esa causa mover así los afectos con su voz. Cuando importara el moverlos, genios hay que buenos y malos llaman todos los doctos, que son unos espíritus que andan entre nosotros dictando las obras buenas y malas, argumento que asegura la inmortalidad del alma. Y bien pudiera ese dios con ellos, sin que llegara a mostrar que mentir sabe, mover afectos. Repara en que esas contrariedades no implican al ser las sacras deidades una, supuesto que en las cosas de importancia nunca disonaron. Bien en la fábrica gallarda del hombre se ve, pues fue solo un concepto al obrarla. Luego, si ese fue uno solo, ese tiene más ventaja a los otros; y si son iguales, puesto que hallas que se pueden oponer (esta no puedes negarla) en algo al hacer el hombre, cuando el uno lo intentara, pudiera decir el otro: «No quiero yo que se haga». Luego si Dios todo es manos, cuando el uno le crïara, el otro le deshiciera; pues eran manos entrambas iguales en el poder, desiguales en la instancia, ¿quién venciera destos dos? Sobre imposibles y falsas proposiciones, no hay argumento. Di, ¿qué sacas de eso? Pensar que hay un Dios, suma bondad, suma gracia, todo vista, todo manos, infalible, que no engaña, superior, que no compite, Dios a quien ninguno iguala, un principio sin principio, una esencia, una substancia, un poder y un querer solo; y cuando como este haya una, dos o más personas, una deidad soberana ha de ser sola en esencia, causa de todas las causas. ¿Cómo te puedo negar una evidencia tan clara? ¿Tanto lo sentís? ¿Quién deja de sentir que otro le haga competencia en el ingenio? Y aunque responder no falta, dejo de hacerlo, porque gente en este monte anda, y es hora de que prosiga a la ciudad mi jornada. Id en paz. Quedad en paz. Pues tanto tu estudio alcanza, yo haré que el estudio olvides suspendido en una rara beldad. Pues tengo licencia de perseguir con mi rabia a Justina, sacaré de un efecto dos venganzas. No vi hombre tan notable. Mas, pues mis crïados tardan, volver a repasar quiero de tanta duda la causa. No pasemos adelante, que estas peñas, estas ramas tan intrincadas, que al mismo sol le defienden la entrada, solo pueden ser testigos de nuestro duelo. La espada sacad, que aquí son las obras si allá fueron las palabras. Ya sé que en el campo, muda la lengua, de acero habla desta suerte. ¿Qué es aquesto? Lelio, tente; Floro, aparta; que basta que esté yo en medio, aunque esté en medio sin armas. ¿De dónde, di, Ciprïano, a embarazar mi venganza has salido? ¿Eres aborto destos troncos y estas ramas? Corre, que con mi señor han sido las cuchilladas. Para acercarme a esas cosas, no suelo yo correr nada; mas para apartarme sí. y ¿Señor? No habléis más palabra. Pues, ¿qué es esto? Dos amigos que por su sangre y su fama hoy son de toda Antioquía los ojos y la esperanza; uno, del Gobernador hijo, y otro, de la clara familia de los Colaltos, ¿ansí aventuran y arrastran dos vidas que pueden ser de tanto honor a su patria? Cipriano, aunque el respeto que debo por muchas causas a tu persona, este instante tiene suspensa mi espada, no la tienes reducida a la quietud de la vaina; tú sabes de sciencias más que de duelos, y no alcanzas que a dos nobles en el campo no hay respeto que les haga amigos, pues solo es medio morir uno en la demanda. Lo mismo te digo, y ruego que con tu gente te vayas, pues que riñendo nos dejas sin traición y sin ventaja. Aunque os parece que ignoro, por mi profesión, las varias leyes del duelo que estudia el valor y la arrogancia, os engañáis; que nací con obligaciones tantas como los dos a saber qué es honor y qué es infamia; y no el darme a los estudios mis alientos acobarda, que muchas veces se dieron las manos letras y armas. Si el haber salido al campo es del reñir circunstancia, con haber reñido ya, esa calumnia se salva; y así, bien podéis decir desta pendencia la causa, que yo, si habiéndola oído, reconociere al contarla que alguno de los dos tiene algo que se satisfaga, de dejaros a los dos solos, os doy la palabra. Pues con esa condición de que en sabiendo la causa nos has de dejar reñir, yo me prefiero a contarla. Yo quiero a una dama bien, y Floro quiere a esta dama: mira tú cómo podrás convenirnos, pues no hay traza con que dos nobles celosos den a partido sus ansias. Yo quiero a esta dama, y quiero que no se atreva a mirarla ni aun el sol; y pues no hay medio aquí, y que la palabra nos has dado de dejarnos reñir, a un lado te aparta. Esperad, que hay que saber más; decidme, ¿es esta dama a la esperanza posible o imposible a la esperanza? Tan principal es, tan noble, que si el sol celos causara a Floro, aun dél no podría tenerlos con justa causa, porque presumo que el sol aun no se atreve a mirarla. ¿Casáraste tú con ella? Ahí está mi confïanza. ¿Y tú? Pluguiera a los cielos que a tanta dicha llegara, que aunque es en extremo pobre, la virtud por dote basta. Pues si a casaros con ella aspiráis los dos, ¿no es vana acción, culpable y indigna, querer antes disfamarla? ¿Qué dirá el mundo, si alguno de los dos con ella casa, después de haber muerto al otro por ella? Que aunque no haya ocasión para decirlo, decirlo sin ella basta. No digo yo que os sufráis el servirla y festejarla a un tiempo, porque no quiero que de mí partido salga tan cobarde; que el galán que de sus celos pasara primero la contingencia, pasará después la infamia; pero digo que sepáis de cuál de los dos se agrada, y luego... Detente, espera, que es acción cobarde y baja ir a que la dama diga a quién escoge la dama; pues ha de escogerme a mí o a Floro: si a mí, me agrava más el empeño en que estoy, pues es otro empeño que haya quien quiera a la que me quiere; si a Floro escoge, la saña de que a otro quiera quien quiero es mayor; luego excusada acción es que ella lo diga, pues con cualquier circunstancia hemos en apelación de volver a las espadas: el querido, por su honor, y el otro, por su venganza. Confieso que esa opinión recibida es, y asentada, más con las damas de amores que elegir y dejar tratan. Y así, hoy pedírsela intento a su padre; y pues me basta, habiendo al campo salido, haber sacado la espada, mayormente cuando hay quien el reñir embaraza, con satisfación bastante la vuelvo, Lelio, a la vaina. En parte me ha convencido tu razón; y aunque apurarla pudiera, más quiero hacerme de su parte, o cierta o falsa. Hoy la pediré a su padre. Supuesto que aquesta dama en que los dos la sirváis ella no aventura nada, pues que confesáis los dos su virtud y su constancia, decidme quién es, que yo, pues que tengo mano tanta en la ciudad, por los dos quiero preferirme a hablarla para que esté prevenida cuando a eso su padre vaya. Dices bien. ¿Quién es? Justina, de Lisandro hija. Al nombrarla he conocido cuán pocas fueron vuestras alabanzas; que es virtüosa y es noble. Luego voy a visitarla. El cielo en mi favor mueva su condición siempre ingrata. Corone amor, al nombrarme, de laurel mis esperanzas. ¡Oh, quiera el cielo que estorbe escándalos y desgracias! ¿Ha oído vuesa merced que nuestro amo va a la casa de Justina? Sí señor. ¿Qué hay que vaya o que no vaya? Hay que no tiene qué hacer allá usarced. ¿Por qué causa? Porque yo por Libia muero, que es de Justina crïada, y no quiero que se atreva ni el mismo sol a mirarla. Basta; que no he de reñir en ningún tiempo por dama que ha de ser esposa mía. Aquesa opinión me agrada; y es bien que lo diga ella, quién la obliga o quién la cansa. Vámonos allá los dos y ella elija. Es buena traza, aunque ha de escogerte, temo. ¿Ya tienes deso confianza? Sí, que lo peor escogen siempre las Libias ingratas. No me puedo consolar de haber hoy visto, señor, el torpe, el común error, con que todo ese lugar templo consagra, y altar, a una imagen que no pudo ser deidad, pues que no dudo que al fin, si algún testimonio da de serlo, es el Demonio, que da aliento a un bronce mudo. No fueras, bella Justina, quien eres, si no lloraras, sintieras y lamentaras esa tragedia, esa ruina que la religión divina de Cristo padece hoy. Es cierto, pues al fin soy hija tuya, y no lo fuera si llorando no estuviera ansias que mirando estoy. ¡Ay Justina!, no ha nacido de ser tú mi hija, no, que no soy tan feliz yo. Mas, ¡ay Dios!, ¡cómo he rompido secreto tan escondido! Afecto del alma fue. ¿Qué dices, señor? No sé. Confuso estoy y turbado. Muchas veces te he escuchado lo que ahora te escuché, y nunca quise, señor, a costa de un sufrimiento, apurar tu sentimiento ni examinar mi dolor. Pero viendo que es error que de entenderte no acabe, aunque sea culpa grave, que partas, señor, te pido, tu secreto con mi oído, ya que en tu pecho no cabe. Justina, de un gran secreto el efecto te callé, la edad que tienes, porque siempre he temido el efecto. Mas viéndote ya sujeto capaz de ver y advertir, y viéndome a mí que el ir con este báculo dando en la tierra es ir llamando a las puertas del morir, no te tengo de dejar con esta ignorancia, no, porque no cumpliera yo mi obligación con callar. Y así, atiende a mi pesar tu placer. Conmigo lucha un temor. Mi pena es mucha, ¡pero esto es ley y razón! Señor, desta confusión me rescata. Pues escucha. Yo soy, hermosa Justina, Lisandro... No de que empiece desde mi nombre te admires; que aunque ya sabes que es este, por lo que se sigue al nombre, es justo que te le acuerde, pues de mí no sabes más que mi nombre solamente. Lisandro soy, natural de aquella ciudad que en siete montes es hidra de piedra, pues siete cabezas tiene; de aquella que es silla hoy del romano imperio, albergue del cristiano asilo, pues solo Roma lo merece. En ella nací de humildes padres, si es que nombre adquieren de humildes los que dejaron tantas virtudes por bienes. Cristianos nacieron ambos, venturosos descendientes de algunos que con su sangre rubricaron felizmente las fatigas de la vida con los triunfos de la muerte. En la religión cristiana crecí industriado, de suerte que en su defensa daré la vida una y muchas veces. Joven era cuando a Roma llegó encubierto el prudente Alejandro, Papa nuestro, que la Apostólica Sede gobernaba sin tener donde tenerla pudiese; que como la tiranía de los gentiles crüeles su sed apaga con sangre de la que a mártires vierte, hoy la primitiva Iglesia ocultos sus hijos tiene, no porque el morir rehúsan, no porque el martirio temen, sino porque de una vez no acabe el rigor rebelde con todos, y destrüida la Iglesia, en ella no quede quien catequice al gentil, quien le predique y le enseñe. A Roma, pues, Alejandro llegó, y yendo oculto a verle recibí su bendición, y de su mano clemente todos los órdenes sacros, a cuya dignidad tiene envidia el ángel, pues solo el hombre serlo merece. Mandome Alejandro, pues, que a Antioquía me partiese a predicar de secreto la ley de Cristo; obediente, peregrinando a merced de tantas diversas gentes, a Antioquía vine; y cuando desde aquesos eminentes montes llegué a descubrir sus dorados chapiteles, el sol me faltó, y llevando tras sí el día, por hacerme compañía me dejó a que le sostituyesen las estrellas, como en prendas de que presto vendría a verme. Con el sol perdí el camino, y vagueando tristemente en lo intrincado del monte, me hallé en un oculto albergue donde los trémulos rayos de tanta antorcha viviente aún no se dejaban ya ver, porque confusamente servían de nubes pardas las que fueron hojas verdes. Aquí, dispuesto a esperar que otra vez el sol saliese, dando a la imaginación la jurisdición que tiene, con las soledades hice mil discursos diferentes. Desta suerte, pues, estaba, cuando de un suspiro leve el eco mal informado la mitad al dueño vuelve. Retraje al oído todos mis sentidos juntamente, y volví a oír más distinto aquel aliento, y más débil, mudo idioma de los tristes, pues con él solo se entienden. De mujer era el gemido, a cuyo aliento sucede la voz de un hombre que a media voz decía desta suerte: «Primer mancha de la sangre más noble: a mis manos muere antes que a morir a manos de infames verdugos llegues». La infeliz mujer decía en medias razones breves: «Duélete tú de tu sangre, ya que de mí no te dueles». Llegar pretendí yo entonces a estorbar rigor tan fuerte, mas no pude, porque al punto las voces se desvanecen y vi al hombre en un caballo que entre los troncos se pierde. Imán fue de mi piedad la voz que, ya balbuciente y desmayada, decía, gimiendo y llorando a veces: «Mártir muero, pues que muero por cristiana y inocente»; y siguiendo de la voz el norte, en espacio breve llegué donde una mujer, que apenas dejaba verse, estaba a brazo partido luchando ya con la muerte. Apenas me sintió, cuando dijo, esforzándose: «Vuelve, sangriento homicida mío; ni aun este instante me dejes de vida». «No soy -le dije- sino quien acaso viene, quizá del cielo guïado, a valeros en tan fuerte ocasión». «Ya que imposible es -dijo- el favor que ofrece vuestra piedad a mi vida, pues que por puntos fallece, lógrese en esa infeliz en quien hoy el cielo quiere, naciendo de mi sepulcro, que mis desdichas herede». Y espirando, vi... Señor, el mercader a quien debes aquel dinero, a buscarte hoy con la justicia viene. Que no estás en casa dije: por esotra puerta vete. ¡Cuánto siento que a estorbarte en aquesta ocasión llegue, que estaba a tu relación vida, alma y razón pendiente! Mas vete ahora, señor, la justicia no te encuentre. ¡Ay de mí, qué de desaires la necesidad padece! Sin duda entran hasta aquí, porque siento afuera gente. No son ellos, Cipriano es. Pues, ¿qué es lo que pretende Ciprïano aquí? Serviros mi deseo es solamente. Viendo salir la justicia de vuestra casa, se atreve a entrar aquí mi amistad por la que a Lisandro debe, a solo saber ( ¡Turbado estoy!) si acaso (¡Qué fuerte yelo discurre mis venas!) si en algo serviros puede mi deseo. ¡Qué mal dije! Que no es yelo, fuego es este. Guárdeos el cielo mil años; que en mayores intereses habéis de honrar a mi padre con vuestros favores. Siempre estaré para serviros. ¿Qué me turba y enmudece? Él ahora no está en casa. Luego bien, señora, puede mi voz decir la ocasión que aquí me trae claramente, que no es la que habéis oído la que sola a entrar me mueve a veros. Pues, ¿qué mandáis? Que me oigáis; yo seré breve. Hermosísima Justina, en quien hoy ostenta ufana la naturaleza humana tantas señas de divina, vuestra quietud determina hallar mi deseo este día; pero ved que es tiranía, como el efecto lo muestra, que os dé yo la quietud vuestra y vós me quitéis la mía. Lelio, de su amor movido (no vi amor más disculpado), Floro, de su amor llevado (no vi error más permitido), el uno y otro han querido por vós matarse los dos; por vós lo he estorbado ( ¡ay Dios!); pero ved que es error fuerte que yo quite a otros la muerte para que me la deis vós. Por excusar el que hubiera escándalo en el lugar, de su parte os vengo a hablar ( ¡Oh nunca a hablaros viniera!) porque vuestra elección fuera árbitro de sus recelos como juez de sus desvelos; pero ved que es gran rigor que yo componga su amor y vós dispongáis mis celos. Hablaros, pues, ofrecí, señora, para que vós escogierais de los dos cuál queréis ( ¡infeliz fui!) que a vuestro padre ( ¡ay de mí!) os pida. Aquesto pretendo; pero ved ( ¡estoy muriendo!) que es injusto ( ¡estoy temblando!) que esté por ellos hablando y que esté por mí sintiendo. De tal manera he extrañado vuestra vil proposición, que el discurso y la razón en un punto me han faltado. Ni a Floro ocasión he dado, ni a Lelio, para que ansí vós os atreváis aquí; y bien pudiérades vós escarmentar en los dos del rigor que vive en mí. Si yo, por haber querido vós a alguno, pretendiera vuestro favor, mi amor fuera necio, infame y mal nacido; antes por haber vós sido firme roca a tantos mares, os quiero, y en los pesares no escarmiento de los dos, que yo no quiero que vós me queráis por ejemplares. ¿Qué diré a Lelio? Que crea los costosos desengaños de un amor de tantos años. ¿Y a Floro? Que no me vea. ¿Y a mí? Que osado no sea vuestro amor. ¿Cómo, si es dios? ¿Será más dios para vós que para los dos lo ha sido? Sí. Pues ya yo he respondido a Lelio, a Floro y a vós. ¿Señora Libia? ¿Señora Libia? . Aquí estamos los dos. Pues, ¿qué queréis vós, y vós qué queréis? Que usted agora, por si por dicha lo ignora, sepa que bien la queremos. Para matarnos nos vemos; pero atentos a no dar escándalo en el lugar, que uno escoja pretendemos. Es tan grande el sentimiento de que así me hayáis hablado que mi dolor me ha dejado sin razón ni entendimiento. ¿Que uno escoja? ¡Hay sufrimiento en lance tan importuno! ¿Uno yo? ¿Pues oportuno no es para tener, ¡ay Dios!, este ingenio a un tiempo dos? ¿Qué queréis que escoja uno? ¿Dos a un tiempo, cómo quieres? ¿No te embarazarán dos? No, que de dos en dos los digerimos las mujeres. ¿De qué suerte te prefieres a eso? ¡Qué necia porfía! Queriéndoos la lealtad mía. ¿Cómo? Alternative. Pues, ¿qué es alternative? Es querer a cada uno un día. Pues yo escojo este primero. Mayor será el de mañana; yo le doy de buena gana. Libia, en fin, por quien yo muero, hoy me quiere y hoy la quiero; bien es que tal dicha goce. Oye usted, ya me conoce... ¿Por qué lo dice? Concluya. Porque sepa que no es suya, así como den las doce. Apenas la obscura noche extendió su manto negro, cuando yo a adorar la esfera de aquestos umbrales vengo; que aunque hoy por Ciprïano tengo suspenso el acero, no el afecto, que no pueden suspenderse los afectos. Aquí me ha de hallar el alba; que en otra parte violento estoy, porque en fin, en otra estoy fuera de mi centro. Quiera amor que llegue el día y la respuesta que espero con Ciprïano, tocando o la ventura o el riesgo. Ruido en aquella ventana he sentido. Ruido han hecho en aquel balcón. Un bulto sale della, a lo que puedo distinguir. Gente se asoma a él, que entre sombras veo. Para las persecuciones que hacer en Justina intento, a disfamar su virtud desta manera me atrevo. Mas, ¡ay infeliz! ¡Qué miro! Pero, ¡ay infeliz! ¡Qué veo! El negro bulto se arroja ya desde el balcón al suelo. Un hombre es que de su casa sale; no me matéis, ¡cielos!, hasta que sepa quién es. Reconocerle pretendo y averiguar de una vez quién logra el bien que yo pierdo. No solo he de conseguir hoy de Justina el desprecio, sino rencores y muertes. Ya llegan: ábrase el centro, dejando esta confusión a sus ojos. Caballero, quien quiera que seáis, a mí me ha importado conoceros; y a todo trance restado con esta demanda vengo. Decid, ¿quién sois? Si os obliga a tan valiente despecho saber en quién ha caído vuestro amoroso secreto, más que a vós el conocerme me importa a mí el conoceros; que en vós es curiosidad y en mí más, porque son celos. Vive Dios que he de saber quién es de la casa dueño, y quién a estas horas gana, por ese balcón saliendo, lo que yo pierdo llorando a estas rejas. Bueno es eso, querer deslumbrar ahora la luz de mis sentimientos, atribuyéndome a mí delito que solo es vuestro. Quién sois tengo de saber y dar muerte a quien me ha muerto de celos saliendo ahora por ese balcón. ¡Qué necio recato, encubrirse cuando está el amor descubriendo! En vano la lengua apura lo que mejor el acero. Con él os respondo. Quién ha sido, saber tengo, hoy el admitido amante de Justina. Ese es mi intento; moriré o sabré quién sois. Caballeros, deteneos, si a aquesto puede obligaros haber llegado a este tiempo. Nada me puede obligar a que deje el fin que intento. ¿Floro? Sí, que con la espada en la mano, nunca niego mi nombre. A tu lado estoy; muera quien te ofende. Menos que temer me daréis todos que él me daba solo. ¿Lelio? Sí. Ya no estoy a tu lado, porque es fuerza estar en medio. ¿Qué es esto? ¿En un día dos veces he de hallarme a componeros? Esta la última será, porque ya estamos compuestos; que con haber conocido quién es de Justina dueño, no le queda a mi esperanza ni aun el menor pensamiento. Si no has hablado a Justina, que no la hables te rüego de parte de mis agravios y mis desdichas, habiendo visto que Floro merece sus favores en secreto. De ese balcón ha bajado, de gozar el bien que pierdo, y no es mi amor tan infame que haya de querer, atento a celos averiguados, con desengaños tan ciertos. Espera. No has de seguirle (De haberle oído estoy muerto); que si es él el que ha perdido lo que has ganado, y dispuesto a olvidar está, no es bien apurar su sufrimiento. Tú y él apuráis el mío con estas cosas a un tiempo; y así, a Justina no hables por mí, que aunque yo pretendo, a costa de mis agravios, vengarme de mis desprecios, ya la esperanza de ser suyo cesó, porque creo que no es noble el que porfía sobre averiguados celos. ¿Qué es esto, cielos? ¿Qué escucho? ¿El uno del otro a un tiempo unos mismos celos tienen? ¿Yo de uno y otro los tengo? Los dos sin duda padecen algún engaño; y yo tengo qué agradecerles, pues ya los dos desisten en esto de su pretensión. Desdichas, aunque haya sido consuelo este discurso, buscado de mis ansias, le agradezco. Moscón, prevenme mañana galas; Clarín, tráeme luego espada y plumas, que amor se regala en el objeto airoso y lucido; y ya, ni libros ni estudios quiero porque digan que es amor homicida del ingenio. Jornada II Altos pensamientos míos, ¿dónde, dónde me traéis, si ya por cierto tenéis que son locos desvaríos los que osados intentáis, pues atreviéndoos al cielo precipitados de un vuelo hasta el abismo bajáis? Vi a Justina... ¡A Dios pluguiera que nunca viera a Justina, ni en su perfección divina la luz de la cuarta esfera! Dos amantes la pretenden, uno del otro ofendido; y yo, a dos celos rendido, aún no sé los que me ofenden. Solo sé que mis recelos me despeñan con sus furias de un desdén a las injurias, de un agravio a los desvelos. Todo lo demás ignoro, y en tan abrasado empeño, ¡cielos!, Justina es mi dueño, ¡cielos!, a Justina adoro. ¿Moscón? Señor. Ve si está Lisandro en casa. Es razón. No es; yo iré, porque Moscón hoy no puede entrar allá. ¡Oh, qué cansada porfía siempre la de los dos fue! ¿Por qué no puede? ¿Por qué? Porque hoy, señor, no es su día; mío sí, y de buena gana a dar el recado voy, que yo allá puedo entrar hoy, y Moscón no, hasta mañana. ¿Qué nueva locura es esta, añadida al porfiar? Ni tú ni él habéis de entrar ya, pues su luz manifiesta Justina. De fuera viene hacia su casa. ¡Ay de mí! Libia, Cipriano está aquí. (Disimular me conviene de mis celos los desvelos hasta apurarlos mejor; solo la hablaré en mi amor si lo permiten mis celos). No en vano, señora, ha sido haber el traje mudado, para que, como crïado, pueda a vuestros pies rendido serviros; a mereceros esto lleguen mis suspiros. Dad licencia de serviros, pues no la dais de quereros. Poco, señor, han podido mis desengaños con vós, pues que no han podido... ¡Ay Dios! ...mereceros un olvido. ¿De qué manera queréis que os diga cuánto es en vano asistencia, Ciprïano, que a mis umbrales tenéis? Si días, si meses, si años, si siglos a ellos estáis, no esperéis que a ellos oigáis sino solo desengaños. Porque es mi rigor de suerte, de suerte mis males fieros, que es imposible quereros, Cipriano, hasta la muerte. La esperanza que me dais ya dichoso puede hacerme: si en muerte habéis de quererme, muy corto plazo tomáis. Yo le acepto, y si a advertir llegáis cuán presto ha de ser, empezad vós a querer, que ya empiezo yo a morir. En tanto que mi señor, Libia, triste y discursivo, está de esqueleto vivo desengañando su amor, dame los brazos. Paciencia ten mientras que considero si es tu día, que no quiero encargar yo mi conciencia. Martes sí, miércoles no... ¿Qué cuentas, pues ha callado Moscón? Puede haberse errado, y no quiero errarme yo; porque no quiero, si arguyo que justicia he de guardar, condenarme por no dar a cada uno lo que es suyo. Pero bien dices, tu día es hoy. Pues dame los brazos. Con mil amorosos lazos. ¿Oye usarced, reina mía? Bien ve usarced con la gana que hoy aquesos lazos hace; dígolo porque me abrace con la misma a mí mañana. Excusada es la sospecha de que a usted no satisfaga, ni quiera Júpiter que haga yo una cosa tan mal hecha como usar de demasía con nadie; yo abrazaré con mucha equidad a usté cuando le toque su día. Por lo menos, no he de vello yo. Pues eso, ¿qué ha importado? ¿Puede a mí haberme agraviado jamás, si reparo en ello, una moza que no es mía? No. Luego yo bien porfío que no ha sido en daño mío lo que no ha sido en mi día. Mas, ¿qué hace nuestro amo allí tan suspenso? Por si a hablar llega algo, quiero escuchar. Y yo también. ¡Ay de mí! ¡Que tanto, amor, desconfíes! ¡Ay de mí! ¡Ay de mí también! Llamar a este sitio es bien la isla de los «ay de míes». ¿Aquí estábades los dos? Yo bien juraré que estaba. Yo y todo. Desdicha, acaba de una vez conmigo. ¡Ay Dios! ¿Viose en tan nuevos extremos el humano corazón? ¿Adónde vamos, Moscón? En llegando lo sabremos; pero fuera del lugar camina. Excusado es salirnos al campo, pues no tenemos que estudiar. Clarín, vete a casa. ¿Y yo? ¿Tú te habías de quedar? Los dos me habéis de dejar. A entrambos nos lo mandó. Confusa memoria mía, no tan poderosa estés que me persuadas que es otra alma la que me guía. Idólatra me cegué, ambicioso me perdí, porque una hermosura vi, porque una deidad miré; y entre confusos desvelos de un equívoco rigor, conozco a quien tengo amor, y no de quién tengo celos. Y tanto aquesta pasión arrastra mi pensamiento, tanto, ¡ay de mí!, este tormento lleva mi imaginación, que diera (despecho es loco, indigno de un noble ingenio) al más diabólico genio (harto al infierno provoco), ya rendido y ya sujeto a penar y padecer, por gozar esta mujer, diera el alma. Yo la acepto. ¿Qué es esto, cielos puros? Claros a un tiempo, y en el mismo obscuros; dando al día desmayos, los truenos, los relámpagos y rayos abortan de su centro los asombros que ya no caben dentro; de nubes todo el cielo se corona, y preñado de horrores, no perdona el rizado copete deste monte. Todo nuestro horizonte es ardiente pincel del Mongibelo, niebla el sol, humo el aire, fuego el cielo. ¿Tanto ha que te dejé, Filosofía, que ignoro los efectos deste día? Hasta el mar sobre nubes se imagina desesperada ruina, pues crespo sobre el viento en leves plumas, le pasa por pavesas las espumas. Naufragando una nave, en todo el mar parece que no cabe, pues el amparo más seguro y cierto es cuando huye la piedad del puerto. El clamor, el asombro y el gemido fatal presagio han sido de la muerte que espera; y lo que tarda es porque esté muriendo lo que aguarda. Y aun en ella también vienen portentos, no son todos de cielos y elementos. Sin duda se vistió de la tormenta. A chocar con la tierra viene. Ya no es del mar solo la guerra, pues la que se le ofrece, un peñasco le arrima en que tropiece, porque la espuma en sangre se salpique. Que nos vamos a pique. En una tabla quiero salir a tierra para el fin que espero. Porque su horror se asombre, burlando su poder, escapa un hombre, y el bajel que en las ondas ya se ofusca, el camarín de los tritones busca, y en crespo remolino es cadáver del mar, cascado el pino. (Para el prodigio que intento, hoy me ha importado fingir sobre campos de zafir este espantoso portento; y en forma desconocida de la que otra vez me vio, cuando en este monte yo miré mi ciencia excedida, vengo a hacerle nueva guerra valiéndome así mejor de su ingenio y de su amor). Dulce madre, amada tierra, dame amparo contra aquel monstruo que de sí me arroja. Pierde amigo la congoja y la memoria crüel de tu reciente fortuna, viendo en tu mayor trabajo que no hay firme bien debajo de los cercos de la luna. ¿Quién eres tú, a cuyas plantas mi fortuna me ha traído? Quien de la piedad movido, de penas y ruinas tantas, serte de alivio quisiera. Imposible vendrá a ser, que no le puedo tener yo jamás. ¿De qué manera? Todo mi bien he perdido; pero sin razón me quejo, pues ya con la vida dejo mis memorias al olvido. Ya que de aquel torbellino el terremoto cesó, y el cielo a su paz volvió, manso, quieto y cristalino, con tal priesa que su grave enojo nos da a entender que solo debió de ser hasta sumergir tu nave. Dime quién eres, siquiera por la piedad que me das. Más de lo que has visto y más de lo que decir pudiera, me cuesta el llegar aquí; que en mi fortuna crüel, la menor es del bajel. ¿Quieres ver si es cierto? Sí. Yo soy, pues saberlo quieres, un epílogo, un asombro de venturas y desdichas que unas pierdo y otras lloro. Tan galán fui por mis partes, por mi lustre tan heroico, tan noble por mi linaje y por mi ingenio tan docto, que aficionado a mis prendas un rey, el mayor de todos, puesto que todos le temen si le ven airado el rostro, en su palacio, cubierto de diamantes y piropos, y aun si los llamase estrellas fuera el hipérbole corto, me llamó valido suyo, cuyo aplauso generoso me dio tan grande soberbia que competí al regio solio, queriendo poner las plantas sobre sus dorados tronos. Fue bárbaro atrevimiento: castigado lo conozco. Loco anduve; pero fuera, arrepentido, más loco. Más quiero en mi obstinación, con mis alientos brïosos, despeñarme de bizarro que rendirme de medroso. Si fueron temeridades, no me vi en ellas tan solo que de sus mismos vasallos no tuviese muchos votos. De su corte, en fin, vencido, aunque en parte vitorioso, salí arrojando veneno por la boca y por los ojos, y pregonando venganzas por ser mi agravio notorio, logrando en las gentes suyas insultos, muertes y robos. Los anchos campos del mar, sangriento pirata corro, Argos ya de sus bajíos y Lince de sus escollos. En aquel bajel que el viento desvaneció en leves soplos, en aquel bajel que el mar convirtió en ruina sin polvo, esas campañas de vidrio hoy corría codicioso hasta examinar un monte piedra a piedra y tronco a tronco, porque en él un hombre vive y a buscarle me dispongo a que cumpla una palabra que él me ha dado y yo le otorgo. Embistiome esta tormenta, y aunque pudo prodigioso mi ingenio enfrenar a un tiempo al euro, al cierzo y al noto, no quise, desesperado por otras causas, por otros fines, convertirlos hoy en regalados favonios. Que pude, dije, y no quise. Aparte. (Aquí de su ingenio noto los riesgos, pues desta suerte a mágicas le aficiono.) No te espantes del despecho ni del prodigio tampoco: de aquel, porque yo con iras me diera muerte a mí proprio; ni deste, porque con sciencias daré al sol pálido asombro. Soy, en la magia que alcanzo, el registro poderoso de esos orbes: línea a línea los he discurrido todos. Y porque no te parezca que sin ocasión blasono, mira si a este mismo instante quieres que lo inculto y tosco deste Nembrot de peñascos, más bruto que el babilonio, te facilite lo horrible sin que pierda lo frondoso. Este soy, huérfano huésped destos fresnos, destos chopos; y aunque este soy, a tus plantas quiero pedirte socorro; y quiero, en el que me dieres, librarte el bien que te compro con el afán de mi estudio, que en experiencias abono, trayéndote a tu albedrío Aparte. cuanto te pida el deseo más avaro y codicioso. Y en tanto que no lo aceptes, ya de cortés, ya de corto, págate de los deseos, si es que en ti no los malogro; que por la piedad que muestras, que agradezco y que conozco, seré tu amigo tan firme que ni el repetido monstruo de sucesos, la fortuna, que entre baldones y elogios, próspera y adversa, muestra lo avaro y lo generoso; ni en su continua tarea, corriendo y volando a tornos, el tiempo, imán de los siglos; ni el cielo, ni el cielo proprio, a cuyos astros el mundo debe el bellísimo adorno, tendrán poder de apartarme de tu lado un punto solo como aquí me des amparo; y aun todo aquesto es muy poco para lo que yo intereso si mis pensamientos logro. Puedo decir que al mar albricias pido de que te hayas perdido y a este monte llegaras, donde verás bien claras muestras de la amistad que ya te ofrezco si feliz por mi huésped te merezco; y así, vente conmigo, que he de estimarte por seguro amigo: mi huésped has de ser mientras quisieres servirte de mi casa. ¿Ya me quieres por tuyo? Con los brazos firme nuestra amistad eternos lazos. ¡Oh si a alcanzar llegase que aqueste hombre la Magia me enseñase! Pues con ella quizá mi amor podría en parte divertir la pena mía; o podría mi amor quizá con ella en todo conseguir la causa della, de mi rabia, mi furia y mi tormento. Ya al ingenio y amor le miro atento. ¿Estás vivo, señor? ¿Civilidades gastas por novedades? Claro está, pues le miras, que está vivo. He usado deste modo admirativo para ponderación, noble lacayo, del milagro que fue no darle un rayo de tantos como vio aquesta montaña. Pues el mirarle, ¿no te desengaña? Estos son mis crïados. ¿A qué volvéis? A darte más enfados. Tienen alegre humor. A mí me tienen cansado, porque siempre necios vienen. ¿Quién es aqueste hombre, señor? Un huésped mío; no os asombre. ¿Para qué quieres huéspedes ahora? Lo que merece tu valor ignora. Mi señor hace muy bien. ¿Has de heredalle? No; pero tiene talle el tal huésped, si acaso no me engaño, de estarse en casa un año y otro año. ¿De qué lo infieres? Cuando aprisa pasa un huésped, decir suelen: «No hará en casa mucho humo»; y de aqueste... Di. ...presumo... ¿Qué? ...que ha de hacer en casa mucho humo. Para que te repares de las iras del mar y sus pesares, vente conmigo. Voy a obedecerte. Tu descanso procuro. Yo tu muerte; y pues ya he conseguido el mirarme contigo introducido, ir a alterar mi saña determina de otra suerte también la de Justina. ¿No sabes qué he pensado? ¿Qué? Que del terremoto ha reventado algún volcán, que mucho azufre he olido. Que es el huésped a mí me ha parecido. Malas pastillas gasta, mas ya infiero la causa. ¿Qué es? El pobre caballero debe de tener sarna, y hase untado con ungüento de azufre. En ello has dado. En fin, ¿vuelves a esta calle? La vida en ella perdí y vuelvo a buscarla aquí; quiera amor que no la halle. ¡Ay de mí! A la puerta estás de la casa de Justina. ¿Qué importa si hoy determina mi amor declararse más? Que pues a ver ha llegado que a otro de noche se fía, no es mucho que yo de día desahogue mi cuidado. Retírate tú, porque el entrar solo es mejor; mi padre es gobernador de Antioquía; bien podré con este aliento y la furia que a despeñarme camina, en casa entrar de Justina y quejarme de su injuria. ¿Libia? Mas, ¿quién está al paso? Yo soy. Pues, ¿qué novedad, señor, qué temeridad obliga? Cuando me abraso tanto a mis celos sujeto, no lo he de estar a tu honor. Perdona que con mi amor ha expirado tu respeto. Pues, ¿cómo tan atrevido osas... Como estoy furioso. ...entrar... Como estoy celoso. ...aquí... Como estoy perdido. ...sin advertir y sin ver el escándalo que da que...? No te aflijas, pues ya tienes poco que perder. Mira, Lelio, mi opinión... Justina, eso mejor fuera que tu voz se lo dijera a quien por ese balcón sale de noche; no quiero más de que sepas que sé tus liviandades, porque menos ingrato y severo tu honor esté con mi amor, aunque es honor más injusto porque tienes otro gusto que porque tienes honor. Calla, calla, no hables más. ¿Quién en mi casa se atreve, ni quién en mi ofensa mueve paso y voz? ¿Tan ciego estás, tan atrevido, tan loco, que con fingidas quimeras eclipsar las luces quieras que aun al sol tienen en poco? ¿Hombre en mi casa? Sí. ¿Por mi balcón? Mi dolor lo diga, ingrata. ¡Ay honor; volved por vós y por mí! Acudiendo mi furor a los dos cargos que tengo, a esta casa a entablar vengo el escándalo mayor del mundo. Y pues ya este amante tan despechado y tan ciego está, avívese este fuego: ponerme quiero delante, y como huyendo, después de ser visto, retirarme. Hombre, ¿vienes a matarme? No, sino a morir. ¿Qué ves que de nuevo te has mudado? Los engaños tuyos veo. Di ahora que mi deseo mis ofensas ha inventado: un hombre deste aposento iba a salir; como vio gente, embozado volvió a retirarse. En el viento te finge tu fantasía ilusiones. ¡Pena brava! ¿Pues de noche no bastaba, Lelio, mas también de día la luz quieres engañar? Si es engaño o no es engaño, así veré el desengaño. No te lo quiero excusar, porque la inocencia mía, a costa desta licencia, desvanezca la paciencia de la noche con el día. ¿Justina? Esto me faltaba, ¡ay de mí! Si Lelio sale, estando Lisandro aquí... Mis desdichas, mis pesares vengo a consolar contigo. ¿Qué tienes, que en el semblante muestras disgusto y tristeza? No es mucho, cuando se rasgue el corazón. Con el llanto pasar no puedo adelante. Ahora acabo de creer que sombras los celos hacen, pues no está en este aposento ni tuvo por donde echarse el hombre que vi. No salgas, Lelio, que está aquí mi padre. Esperaré a que se ausente, convalecido en mis males. ¿De qué lloras? ¿Qué suspiras? ¿Qué tienes, señor? ¿Qué traes? Tengo el dolor más sensible, traigo la pena más grave que vio la tierna piedad para ejemplos miserables con que la crueldad se baña de tanta inocente sangre. Al Gobernador envía, el césar Decio, inviolable un decreto... ¡Hablar no puedo! ¿Quién vio pena semejante? Lisandro compadecido de los cristianos ultrajes, conmigo habla, sin saber que Lelio puede escucharle, hijo del Gobernador. En fin, Justina... No pases, señor, si así has de sentirlo, con el discurso adelante. Déjame que le repita, que contigo es aliviarle. En él manda... No prosigas, cuando es tan justo que engañes tu vejez con más sosiego. Cuando porque me acompañes en los sentimientos vivos que bastan para matarme, te doy cuenta del decreto más crüel que vio la margen del Tíber, con sangre escrito para manchar sus cristales, ¿me diviertes? De otra suerte solías, Justina, escucharme estas lástimas. Señor, no son los tiempos iguales. No oigo todo lo que hablan, sino destroncado a partes. Licencia tiene un celoso que llega a desengañarse de una hipócrita virtud, sin que más respetos guarde, con este intento hasta aquí... Mas con ella está su padre; esperaré otra ocasión. ¿Quién pisa aquestos umbrales? (Ya no es posible, ¡ay de mí!, que me vuelva sin hablarle; darele alguna disculpa.) Yo voy. ¿Tú en mi casa? A hablarte vengo, si me das licencia, sobre un negocio importante. ¡Duélete de mí, fortuna, que son estos muchos lances! ¿Pues qué mandas? ¿Qué diré, que deste empeño me saque? ¿Floro en casa de Justina con libertad entra y sale? No son fingidos aquellos celos; ya estos son verdades. Mudado traes el color. No te admires, no te espantes, que vengo a darte un aviso que es a tu vida importante, de un enemigo que tienes, que de tu muerte en alcance anda; esto basta que diga. (Sin duda que Floro sabe que yo soy cristiano, y viene con esta causa a avisarme de mi peligro.) Prosigue, y nada, Floro, me calles. Señor, el Gobernador me ha mandado que te llame, y a la puerta está esperando. Mejor será que te aguarde; Aparte. y así es bien que le despaches. Estimo tu cortesía; aquí volveré al instante. ¿Eres tú la virtüosa que a las lisonjas süaves del templado viento llamas descomedidos ultrajes? Pues, ¿cómo de tu recato y de tu casa las llaves rendiste? Floro, detente; no tan descortés agravies opinión de quien el sol hizo el más costoso examen de pura y limpia. Ya llega aquesa vanidad tarde; pues ya yo sé a quién has dado libre entrada... ¿Que así hables? ...por un balcón... No pronuncies... ...a tu honor. ¿Que así me trates? Sí, que no merecen más hipócritas humildades. Floro no fue el del balcón; sin duda que hay otro amante, puesto que ni él ni yo fuimos. Pues tienes ilustre sangre, no ofendas nobles mujeres. ¡Que noble mujer te llames, cuando a tus brazos le admites y por tus balcones sale! Rindiote el poder; que como es gobernador su padre, te llevó la vanidad de ver que a Antioquía mande... De mí habla. ...sin mirar otros defectos más grandes que la autoridad encubre en sus costumbres y sangre; pero no... Floro, detente, y no en mi ausencia me agravies; que hablar del competidor mal es de pechos cobardes, y salgo a que no prosigas, corrido de tantos lances como contigo he tenido sin que ninguno te mate. ¿Quién sin culpa se vio nunca en tan peligrosos lances? Cuanto yo de ti dijera detrás, te diré delante; y es verdad no sospechosa. Tente, Lelio; Floro, ¿qué haces? Tomar la satisfación adonde escucho el desaire. Sustentaré lo que dije donde lo dije. Libradme, ¡cielos!, de tantas fortunas. Y yo sabré castigarte. Teneos. ¡Ay infelice! ¿Qué es esto? Mas, ¿no es bastante indicio espadas desnudas para que pueda informarme? ¡Qué desdicha! ¡Qué pesar! Señor. Baste, Lelio, baste. ¿Tú inquieto, siendo mi hijo? ¿Tú de mi favor te vales para alterar a Antioquía? Señor, advierte... Llevadles; que no ha de haber excepción ni privilegios de sangre para no igualar castigos, pues son las culpas iguales. Celos traje y llevo agravios. Penas a penas se añaden. En diferentes prisiones y con gente que los guarde, a los dos tened. Y vós, Lisandro, ¿tan nobles partes es posible que manchéis sufriendo...? No, no os engañen deslumbradas apariencias, porque Justina no sabe la ocasión. Dentro en su casa, ¿queréis que viva ignorante, mozos ellos y ella hermosa? En peligro tan culpable me templo, porque no digan que sentencio como parte siendo apasionado juez; mas vós que esto ocasionasteis, ya perdida la vergüenza, sé que volveréis a darme ocasión, que la deseo, para que nos desengañen de vuestra virtud mentida verdaderas liviandades. Mis lágrimas os respondan. Ya lloras sin fruto y tarde. ¡Oh qué mal, Justina, hice el día que a declararte llegué quién eras! ¡Oh nunca te contara que, en la margen de un arroyo, en ese monte fuiste parto de un cadáver! Yo... No des satisfaciones. Los cielos han de abonarme. ¡Qué tarde será! No hay plazo que en la vida llegue tarde. Para castigar delitos. Para acrisolar verdades. Por lo que vi te condeno. Yo a ti por lo que ignoraste. Déjame, que voy muriendo donde mi dolor me acabe. Pierda yo a tus pies la vida, pero no me desampares. Desde que en tu casa entré, te he visto sin alegría; profunda melancolía en tu semblante se ve. Tu alivio no es bien que estorbes queriéndomelo ocultar, pues sabré destachonar la clavazón de los orbes por solo el menor deseo que te ofenda y te fatigue. No habrá mágica que obligue al imposible que veo; son mis ansias infelices. Tu amistad me las confiese. Quiero a una mujer. ¿Y es ese el imposible que dices? Si tú supieras quién es... Curiosa atención te doy, mientras que burlando estoy de que tan cobarde estés. La hermosa cuna temprana del infante sol que enjuga lágrimas cuando madruga, vestido de nieve y grana; la verde prisión ufana de la rosa cuando avisa que ya sus jardines pisa abril y entre mansos yelos, al alba es llanto en los cielos lo que es en los campos risa. El detenido arroyuelo, que el murmurar más süave aun entre dientes no sabe porque se los prende el yelo. El clavel, que en breve cielo es estrella de coral; el ave que liberal vestir matices presuma, veloz cítara de pluma, al órgano de cristal. El risco, que al sol engaña si a derretirle se atreve, pues gastándole la nieve no le gasta la montaña; el laurel, que el pie se baña con la nieve que atropella y, verde narciso della, burla sin temer desmayos en esta parte los rayos y los yelos en aquella. Al fin, cuna, grana, nieve, campo, sol, arroyo, rosa, ave que canta amorosa, risa que aljófares llueve, clavel que cristales bebe, peñasco sin deshacer y laurel que sale a ver si hay rayos que le coronen, son las partes que componen a esta divina mujer. Estoy tan ciego y perdido, porque mi pena te asombre, que, por parecerla otro hombre, me engañé con el vestido. Mis estudios di al olvido como al vulgo mi opinión, el discurso a mi pasión, a mi llanto el sentimiento, mis esperanzas al viento y al desprecio mi razón. Dije, y haré lo que dije, que ofreciera liberal el alma a un genio infernal (de aquí mi pasión colige), porque este amor que me aflige premiase con merecella. Pero es vana mi querella, tanto, que presumo que es el alma corto interés, pues no me la dan por ella. ¿Un valor ha de seguir los pasos desesperados de amantes que se acobardan en los primeros asaltos? ¿Tan lejos ejemplos viven de bellezas que postraron su vanidad a los ruegos, su altivez a los halagos? ¿Quieres lograr tus deseos siendo tu prisión sus brazos? ¿Eso dudas? Pues envía allá fuera esos crïados y quedemos los dos solos. Idos allá fuera entrambos. Yo obedezco. Y yo también. El tal huésped es el diablo. Ya se fueron. Poco importa que Clarín se haya quedado. ¿Qué quieres ahora? Esa puerta cierra. Ya solos estamos. Por gozar a esta mujer aquí dijeron tus labios que darás el alma. Sí. Pues yo te acepto el contrato. ¿Qué dices? Que yo le acepto. ¿Cómo? Como puedo tanto que te enseñaré una ciencia con que podrás a tu mando traer la mujer que adoras; que yo, aunque tan docto y sabio, traerla para otro no puedo. Las escrituras hagamos ante nosotros dos mismos. ¿Quieres con nuevos agravios dilatar las penas mías? Lo que ofrecí está en mi mano, pero lo que tú me ofreces no está en la tuya, pues hallo que sobre el libre albedrío ni hay conjuros ni hay encantos. Hazme la cédula tú con tal condición. ¡Mal año! Según lo que ahora he visto, no es muy bobo aqueste diablo. ¿Yo darle cédula? Aunque se me estuvieran mis cuartos sin alquilar veinte siglos, no la hiciera. Los engaños son para alegres amigos, no para desconfïados. Quiero darte, en testimonio de lo que yo puedo y valgo, algún indicio, aunque sea de mi poder breve rasgo. ¿Qué ves desta galería? Mucho cielo y mucho prado; un bosque, un arroyo, un monte. ¿Qué es lo que más te ha agradado? El monte, porque es, en fin, de la que adoro retrato. Soberbio competidor de la estación de los años, que te coronas de nubes por bruto rey de los campos, deja el monte, mide el viento, mira que soy quien te llamo. Y mira tú si a una dama traerás, si yo a un monte traigo. No vi más confuso asombro, no vi prodigio más raro. Con el espanto y el miedo estoy dos veces temblando. Pájaro que al viento vuelas siendo tus plumas tus ramos; bajel que en el viento sulcas siendo jarcias tus penachos: vuélvete a tu centro y deja la admiración y el espanto. Si esta no es prueba bastante, pronuncien otra mis labios: ¿Quieres ver esa mujer que adoras? Sí. Pues rasgando las duras entrañas tú, monstruo de elementos cuatro, manifiesta la hermosura que en tu obscuro centro guardo. ¿Es aquella la que adoras? Aquella es la que idolatro. Mira si dártela puedo, pues donde quiera la traigo. Divino imposible mío, hoy serán centro tus brazos de mi amor, bebiendo el sol luz a luz y rayo a rayo. Detente, que hasta que firmes la palabra que me has dado, no puedes tocarla. Espera, parda nube del más claro sol que amaneció a mis dichas... Mas con el viento me abrazo. Ya creo tus sciencias, ya confieso que soy tu esclavo. ¿Qué quieres que haga por ti? ¿Qué me pides? Por resguardo, una cédula firmada con tu sangre y de tu mano. El alma le diera yo por no haberme aquí quedado. Pluma será este puñal, papel este lienzo blanco y tinta para escribirlo la sangre es ya de mis brazos. (¡Qué yelo! ¡Qué horror! ¡Qué asombro!) Digo yo, el gran Ciprïano, que daré el alma inmortal (¡Qué frenesí! ¡Qué letargo!) a quien me enseñare ciencias (¡Qué confusiones! ¡Qué espantos!) con que pueda atraer a mí a Justina, dueño ingrato; y lo firmé de mi nombre. (Ya se rindió a mis engaños el homenaje valiente donde estaban tremolando el discurso y la razón.) ¿Has escrito? Sí, y firmado. Pues tuyo es el sol que adoras. Tuya por eternos años es el alma que te ofrezco. Alma con alma te pago; pues por la tuya te doy la de Justina. ¿Qué tanto término para enseñarme la Magia tomas? Un año, con condición... Nada temas. ...que en una cueva encerrados, sin estudiar otra cosa, hemos de vivir entrambos sirviéndonos solamente a los dos este crïado que curioso se quedó; pues, con nosotros llevando su persona, este secreto desta suerte aseguramos. ¡Oh nunca yo me quedara! ¡Que habiendo vecinos tantos que acechen, no haya un demonio que venga al punto a llevarlos! Está bien. Dos dichas juntas ingenio y amor lograron, pues Justina será mía, y yo vendré a ser espanto del mundo con nuevas ciencias. No salió mi intento vano. El mío sí. Ven con nosotros. Ya vencí el mayor contrario. Dichosos seréis, deseos, si tal posesión alcanzo. (No ha de sosegar mi envidia hasta que los gane a entrambos.) Vamos, y de aqueste monte en lo oculto y lo intrincado, podrás oír la primera lección de la Magia hoy. Vamos; que con tal maestro mi ingenio, mi amor con dueño tan alto, eterno será en el mundo el mágico Ciprïano. Jornada III Ingrata beldad mía, llegó el feliz, llegó el dichoso día, línea de mi esperanza, término de mi amor y tu mudanza, pues hoy será el postrero en que triunfar de tu desdén espero. Este monte elevado en sí mismo al alcázar estrellado y aquesta cueva obscura, de dos vivos funesta sepultura, escuela ruda han sido donde la docta Magia he aprendido, en que tanto me muestro, que puedo dar lección a mi maestro; y viendo ya que hoy una vuelta entera cumple el sol de una esfera en otra esfera, a examinar de mis prisiones salgo con la luz lo que puedo y lo que valgo. Hermosos cielos puros, atended a mis mágicos conjuros; blandos aires veloces, parad al sabio estruendo de mis voces; gran peñasco violento, estremécete al ruido de mi acento; duros troncos vestidos, asombraos al horror de mis gemidos; floridas plantas bellas, al eco os asustad de mis querellas; dulces sonoras aves, la acción temed de mis prodigios graves; bárbaras, crueles fieras, mirad las señas de mi afán primeras, porque ciegos, turbados, suspendidos, confusos, asustados, cielos, aires, peñascos, troncos, plantas, fieras y aves, estéis de ciencias tantas; que no ha de ser en vano el estudio infernal de Ciprïano. ¿Cipriano? ¡Oh sabio maestro mío! ¿A qué, usando otra vez de tu albedrío más que de mi precepto, con qué fin, por qué causa y a qué efecto, osado o ignorante, sales a ver del sol la luz brillante? Viendo que ya yo puedo al infierno poner asombro y miedo, pues con tanto cuidado la Magia he estudiado que aun tú mismo no puedes decir, si es que me igualas, que me excedes; viendo que ya no hay parte della que con fatiga, estudio y arte yo no la haya alcanzado, pues la nigromancia he penetrado, cuyas líneas obscuras me abrirán las funestas sepulturas haciendo que su centro aborte los cadáveres que dentro tiranamente encierra la avarienta codicia de la tierra, respondiendo por puntos a mis voces los pálidos difuntos; y viendo, en fin, cumplida la edad del sol que fue plazo a mi vida, pues, corriendo veloz a su discurso con el rápido curso los cielos cada día, retrocediendo siempre a la porfía del natural, en que se juzga extraño, el término fatal cumple hoy del año. Lograr mis ansias quiero atrayendo a mi voz el bien que espero: hoy la rara, hoy la bella, hoy la divina, hoy la hermosa Justina, en repetidos lazos, llamada de mi amor vendrá a mis brazos; que permitir no creo de dilación un punto a mi deseo. Ni yo que le permitas quiero, si es este el fin que solicitas. Con caracteres mudos la tierra línea pues, y con agudos conjuros hiere el viento a tu esperanza y a tu amor atento. Pues allí me retiro, donde verás que cielo y tierra admiro. Y yo te doy licencia, porque sé de tu ciencia y de mi ciencia; que el infierno inclemente, a tus invocaciones obediente, podrá por mí entregarte a la hermosa Justina en esta parte; que aunque el grande poder mío no puede hacer vasallo un albedrío, puede representalle tan extraños deleites que se halle empeñado a buscarlos; y inclinarlos podré, si no forzarlos. Ingrata deidad mía, no Libia ardiente, sino Libia fría, llegó el plazo en que espero alcanzar si tu amor es verdadero, pues ya sé lo que basta para ver si eres casta o haces casta; que con tanto cuidado aquí la Ciencia Mágica he estudiado, que por ella he de ver, ¡ay de mí triste!, si con Moscón acaso me ofendiste. Aguados cielos (ya otro dijo «puros»), atended a mis lóbregos conjuros: Montes... Clarín, ¿qué es eso? ¡Oh sabio maestro!, por la concomitancia estoy tan diestro en la magia, que quiero ver por ella si Libia, tan ingrata como bella, comete alguna vez superchería en la fatal estancia de mi día. Deja aquesas locuras, y en lo intrincado de esas peñas duras asiste a tu señor para que veas, si tanta admiración lograr deseas, el fin de tu cuidado; que solo quiero estar. Yo acompañado; y si no he merecido haber las ciencias tuyas aprendido porque, en fin, no te he hecho cédula con la sangre de mi pecho, en este lienzo ahora (nunca le trae más limpio quien bien llora) la haré, para que más te escandalices, dándome un mojicón en las narices; que no será embarazo salir de las narices o del brazo. Digo yo, el gran Clarín, que si merezco ver a Libia crüel, que al diablo ofrezco... Ya digo que me dejes, y que con tu señor de mí te alejes. Yo lo haré. No te alteres cuando darla procuro. Sin duda que me tienes por seguro. Ea, infernal abismo, desesperado imperio de ti mismo, de tu prisión ingrata tus lascivos espíritus desata amenazando ruina al virgen edificio de Justina; su casto pensamiento de mil torpes fantasmas en el viento hoy se informe; su honesta fantasía se llene, y con dulcísima armonía todo provoque amores, los pájaros, las plantas y las flores. Nada miren sus ojos que no sean de amor dulces despojos; nada oigan sus oídos que no sean de amor tiernos gemidos; porque sin que defensa en su fe tenga, hoy a buscar a Ciprïano venga, de su ciencia invocada y de mi ciego espíritu guïada. Empezad, que yo en tanto callaré porque empiece vuestro canto. ¿Cuál es la gloria mayor desta vida? Amor, amor. No hay sujeto en que no imprima el fuego de amor su llama, pues vive más donde ama el hombre que donde anima; amor solamente estima cuanto tener vida sabe: el tronco, la flor y el ave; luego es la gloria mayor... Amor, amor. Pesada imaginación, al parecer lisonjera, ¿cuándo te he dado ocasión para que desta manera aflijas mi corazón? ¿Cuál es la causa en rigor deste fuego, deste ardor, que en mí por instantes crece? ¿Qué dolor el que padece mi sentido? Amor, amor. Aquel ruiseñor amante es quien respuesta me da, enamorando constante a su consorte que está un ramo más adelante. Calla, ruiseñor, no aquí imaginar me hagas ya, por las quejas que te oí, cómo un hombre sentirá si siente un pájaro así. Mas no; una vid fue lasciva, que buscando fugitiva va el tronco donde se enlace, siendo el verdor con que abrace el peso con que derriba. No así con verdes abrazos me hagas pensar en quien amas, vid, que dudaré en tus lazos, si así abrazan unas ramas, cómo enraman unos brazos. Y si no es la vid, será aquel girasol que está viendo cara a cara al sol, tras cuyo hermoso arrebol siempre moviéndose va. No sigas, no, tus enojos, flor, con marchitos despojos, que pensarán mis congojas, si así lloran unas hojas, cómo lloran unos ojos. Cesa, amante ruiseñor; desúnete, vid frondosa; párate, inconstante flor o decid, ¿qué venenosa fuerza usáis? Amor, amor. ¿Amor? ¿A quién le he tenido yo jamás? Objeto es vano; pues siempre despojo han sido de mi desdén y mi olvido Lelio, Floro y Ciprïano: ¿A Lelio no desprecié? ¿A Floro no aborrecí? ¿Y a Cipriano no traté con tal rigor que, de mí aborrecido, se fue donde dél no se ha sabido más? ¡Ay de mí!, ya yo creo que esta debe de haber sido la ocasión con que ha podido atreverse mi deseo; pues desde que pronuncié que vive ausente por mí, no sé, ¡ay infeliz!, no sé qué pena es la que sentí. Más piedad sin duda fue de ver que por mí olvidado viva un hombre que se vio de todos tan celebrado y que a sus olvidos yo tanta ocasión haya dado. Pero si fuera piedad, la misma piedad tuviera de Lelio y Floro, en verdad, pues en una prisión fiera por mí están sin libertad. Mas, ¡ay discursos!, parad: si basta ser piedad sola, no acompañéis la piedad que os alarguéis de manera que no sé, ¡ay de mí!, no sé, si ahora a buscarle fuera, si adonde él está supiera. Ven, que yo te lo diré. ¿Quién eres tú que has entrado hasta este retrete mío, estando todo cerrado? ¿Eres monstruo que ha formado mi confuso desvarío? No soy sino quien, movido de ese afecto que tirano te ha postrado y te ha vencido, hoy llevarte ha prometido adonde está Ciprïano. Pues no lograrás tu intento; que esta pena, esta pasión que afligió mi pensamiento, llevó la imaginación pero no el consentimiento. En haberlo imaginado hecha tienes la mitad; pues ya el pecado es pecado, no pares la voluntad el medio camino andado. Desconfïarme es en vano, aunque pensé; que aunque es llano que el pensar es empezar, no está en mi mano el pensar y está el obrar en mi mano. Para haberte de seguir el pie tengo de mover, y esto puedo resistir; porque una cosa es hacer y otra cosa es discurrir. Si una ciencia peregrina en ti su poder esfuerza, ¿cómo has de vencer, Justina, si inclina con tanta fuerza que fuerza al paso que inclina? Sabiéndome yo ayudar del libre albedrío mío. Forzarale mi pesar. No fuera libre albedrío si se dejara forzar. Ven donde un gusto te espera. Es muy costoso ese gusto. Es una paz lisonjera. Es un cautiverio injusto. Es dicha. Es desdicha fiera. ¿Cómo te has de defender si te arrastra mi poder? Mi defensa en Dios consiste. Venciste, mujer, venciste con no dejarte vencer. Mas ya que desta manera de Dios estás defendida, mi pena, mi rabia fiera, sabrá llevarte fingida pues no puede verdadera. Un espíritu verás, para este efecto no más, que de tu forma se informa; y en la fantástica forma disfamada vivirás. Lograr dos triunfos espero de tu virtud, ofendido: deshonrarte es el primero, y hacer de un gusto fingido un delito verdadero. De esa ofensa al cielo apelo, porque desvanezca el cielo la apariencia de mi fama, bien como al aire la llama, bien como la flor al yelo. No podrás... Mas, ¡ay de mí!, ¿a quién estas voces doy? ¿No estaba ahora un hombre aquí? Sí; mas no: yo sola estoy. No; mas sí, pues yo le vi. ¿Por dónde se fue tan presto? ¿Si le engendró mi temor? Mi peligro es manifiesto. ¿Lisandro, padre, señor? ¿Libia? ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Visteis un hombre, ¡ay de mí!, que ahora salió de aquí? Mal mis desdichas resisto. ¿Hombre aquí? ¿No le habéis visto? No, señora. Pues yo sí. ¿Cómo puede ser si ha estado todo este cuarto cerrado? Sin duda que a Moscón vio que tengo encerrado yo en mi aposento. Formado cuerpo de tu fantasía el hombre debió de ser; que tu gran melancolía le supo formar y hacer de los átomos del día. Mi señor tiene razón. No ha sido, ¡ay de mí!, ilusión, y mayor daño sospecho, porque a pedazos del pecho me arrancan el corazón. Algún hechizo mortal se está haciendo contra mí; y fuera el conjuro tal que, a no haber Dios, desde aquí me dejara ir tras mi mal. Mas Él me ha de defender, y no solo del poder desta tirana violencia; pero mi humilde inocencia no ha de dejar padecer. Libia, el manto; porque en tanto que padezco estos extremos, tengo de ir al templo santo que tan secreto tenemos los fieles. Aquí está el manto. En él tengo de templar este fuego que me abrasa. Yo te quiero acompañar. Y yo volveré a alentar en echándolos de casa. Pues voy a ampararme así, ¡cielos!, de vuestro favor, confío... Vamos de aquí. Vuestra es la causa, Señor. Volved por Vós y por mí. ¿Fuéronse ya? Ya se fueron. ¡Con qué susto me tuvieron! ¿Es posible que salieras del aposento y vinieras donde sus ojos te vieron? Vive Dios que no he salido un instante, Libia mía, de donde estuve escondido. ¿Pues quién el hombre sería? El mismo diablo habrá sido. ¡Qué sé yo! No muestres ya por eso, mi bien, enfado. No es por eso. ¿Qué será? ¿Qué pregunta, si ha que está un día entero encerrado conmigo? ¿No echa de ver que habrá también menester el otro, su confidente, que llore hoy tenerle ausente, pues no lloré en todo ayer? ¿Hase de pensar de mí que mujer tan fácil fui que en medio año de ausencia falté a la correspondencia que al ser quien soy ofrecí? ¿Qué es medio año? Un año entero ha ya que pudo faltar. Es engaño; pues infiero que yo no debo contar los días que no le quiero. Y si de un año, ¡ay de mí!, te di la mitad a ti, fuera injuria muy crüel contársele todo a él. Cuando yo, ingrata, creí que fuera tu voluntad toda mía, ¿con piedad haces cuentas? Sí, Moscón, porque, en fin, cuenta y razón conserva toda amistad. Pues que tu constancia es tal, adiós, Libia, hasta mañana; solo te ruega mi mal que, pues eres su terciana, no seas su sincopal. Ya tú ves que no hay en mí malicia alguna. Es así. En todo hoy no me has de ver; mas no sea menester enviar mañana por ti. Sin duda se han revelado en los imperios cerúleos las tropas de las estrellas, pues me niegan sus influjos; comunidades ha hecho todo el abismo profundo, pues la obediencia no rinde que me debe por tributo. Una y mil veces el viento estremezco a mis conjuros, y una y mil veces la tierra con mis caracteres sulco, sin que se ofrezca a mis ojos el humano sol que busco, el humano que espero en mis brazos. ¿Eso es mucho? Pues una y mil veces yo hago en la tierra dibujos; una y mil veces el viento a puras voces aturdo, y tampoco viene Libia. Esta vez sola presumo volver a invocarla. Escucha, bella Justina... Ya escucho; que, forzada de tus voces, aquestos montes discurro. ¿Qué me quieres? ¿Qué quïeres, Ciprïano? ¿Estoy confuso? Y pues que ya... ¡Estoy absorto! ...he venido..., ¿Qué me turbo? ...de la suerte... ¿Qué me espanto? ...que me halló el amor... ¿Qué dudo? ...donde me llamas..., ¿Qué temo? ...y así con la fuerza cumplo del encanto, a lo intrincado del monte tu vista huyo. Espera, aguarda, Justina. Mas, ¿qué me asombro y discurro? Seguirela, y este monte donde mi ciencia la trujo, teatro será frondoso, ya que no tálamo rudo, del más prodigioso amor que ha visto el cielo. Abernuncio de mujer que viene a ser novia y viene oliendo a humo. Pero debió de cogerla del encanto lo absoluto soplando alguna colada o cociendo algún menudo. Mas no, ¿en cocina y con manto? De otra suerte la disculpo: sin duda debe de ser, ahora he dado en el punto, que una honrada nunca huele mejor cogida de susto. Ya la ha alcanzado, y con ella, de aqueste valle en lo inculto luchando a brazos enteros, que a brazos partidos juzgo que hiciera mal en luchar el amante más forzudo, a este mismo sitio vuelven. Desde aquí acechar procuro; que deseo saber cómo se hace una fuerza en el mundo. Ya, bellísima Justina, en este sitio, que oculto ni el sol le penetra a rayos, ni a soplos el aire puro, ya es trofeo tu belleza de mis mágicos estudios; que por conseguirte, nada temo, nada dificulto. El alma, Justina bella, me cuestas; pero ya juzgo, siendo tan grande el empleo, que no ha sido el precio mucho. Corre a la deidad el velo: no entre pardos, no entre obscuros celajes se esconda el sol; sus rayos obstente rubios. Mas, ¡ay infeliz!, ¿qué veo? ¿Un yerto cadáver mudo entre sus brazos me espera? ¿Quién en un instante pudo, en facciones desmayadas de lo pálido y caduco, desvanecer los primores de lo rojo y lo purpúreo? Así, Ciprïano, son todas las glorias del mundo. Si alguien ha menester miedo, yo tengo un poco y un mucho. Espera, fúnebre sombra, ya con otro fin te busco. Pues yo soy fúnebre cuerpo, ¿no echas de verlo en el bulto? ¿Quién eres? Yo estoy de suerte que aun quien soy creo que dudo. ¿Viste en lo raro del viento, u del centro en lo profundo, yerto un cadáver, dejando en señas de polvo y humo, desvanecida la pompa que llena de adornos trujo? ¿Ahora sabes que estoy sujeto a los infortunios de acechador? ¿Qué se hizo? Deshízose luego al punto. Busquémosle. No busquemos. Sus desengaños procuro. Yo no, señor. Justos cielos, si juntas un tiempo tuvo mi ser la ciencia y la gracia cuando fui espíritu puro, la gracia sola perdí, la ciencia no. ¿Cómo injustos, si esto es así, de mis ciencias aún no me dejáis el uso? ¿Lucero, sabio maestro? No le llames, que presumo que venga en otro cadáver. ¿Qué me quieres? Que del mucho horror que padezco absorto, rescates hoy mi discurso. Yo, que no quiero rescates, por este lado me escurro. Apenas sobre la tierra herida acentos pronuncio, cuando en la acción que allá estaba Justina, divino asunto de mi amor y mi deseo... Pero, ¿para qué procuro contarte lo que ya sabes? Vino, abracela, y al punto que la descubro, ¡ay de mí!, en su belleza descubro un esqueleto, una estatua, una imagen, un trasunto de la muerte, que en distintas voces me dijo (¡oh qué susto!): «Así, Ciprïano, son todas las glorias del mundo». Decir que en la magia tuya, por mí ejecutada, estuvo el engaño, no es posible; porque yo punto por punto la obré; y aunque errar pudiese de sus caracteres mudos una línea, ni una voz de sus mortales conjuros. Luego, ¿tú me has engañado cuando yo los ejecuto, pues solo fantasmas hallo adonde hermosuras busco? Ciprïano, ni hubo en ti defecto, ni en mí le hubo: en ti, supuesto que obraste el encanto con agudo ingenio; en mí, pues el mío te enseñó en él cuanto supo. El asombro que has tocado más superior causa tuvo. Mas no importará; que yo, que tu descanso procuro, te haré dueño de Justina por otros medios más justos. No es ese mi intento ya, que de tal suerte confuso este espanto me ha dejado, que no quiero medios tuyos. Y así, pues que no has cumplido las condiciones que puso mi amor, solo de ti quiero, ya que de tu vista huyo, que mi cédula me vuelvas, pues es el contrato nulo. Yo te dije que te había de enseñar en este estudio ciencias que atraer pudiesen de tus voces al impulso a Justina; y pues el viento aquí a Justina te trujo, válido ha sido el contrato, y yo mi palabra cumplo. Tú me ofreciste que había de coger mi amor el fruto que sembraba mi esperanza por estos montes incultos. Yo me obligué, Ciprïano, solo a traerla. Eso dudo; que a dármela te obligaste. Ya la vi en los brazos tuyos. Fue una sombra. Fue un prodigio. ¿De quién? De quien se dispuso a ampararla. ¿Y cúyo fue? No quiero decirte cúyo. Valdreme yo de mis ciencias contra ti. Yo te conjuro que quién ha sido me digas. Un dios que a su cargo tuvo a Justina. Pues, ¿qué importa solo un dios, puesto que hay muchos? Tiene este el poder de todos. Luego, ¿solamente es uno, pues con una voluntad obra más que todos juntos? No sé nada, no sé nada. Ya todo el pacto renuncio que hice contigo; y en nombre de aquese dios, te pregunto: ¿qué le ha obligado a ampararla? Guardar su honor limpio y puro. Luego, ¿ese es suma bondad, pues que no permite insulto? Mas, ¿qué perdiera Justina, si aquí se quedaba oculto? Su honor, si lo adivinara por sus malicias el vulgo. Luego, ¿ese dios todo es vista, pues vio los daños futuros? Pero, ¿no pudiera ser el encanto tan sumo que no pudiera vencerle? No, que su poder es mucho. Luego, ¿ese dios todo es manos, pues que quiso cuanto pudo? Dime, ¿quién es ese dios en quien hoy he hallado juntos ser una suma bondad, ser un poder absoluto, todo vista y todo manos, que ha tantos años que busco? No lo sé. Dime, ¿quién es? ¡Con cuánto horror lo pronuncio! Es el dios de los cristianos. ¿Qué es lo que moverle pudo contra mí? Serlo Justina. Pues, ¿tanto ampara a los suyos? Sí; mas ya es tarde, ya es tarde para hallarle tú, si juzgo que siendo tú esclavo mío, no has de ser vasallo suyo. ¿Yo tu esclavo? En mi poder tu firma está. Ya presumo cobrarla de ti, pues fue condicional y no dudo quitártela. ¿De qué suerte? De esta suerte. Aunque desnudo el acero contra mí esgrimas, fiero y sañudo, no me herirás; y porque desesperen tus discursos, quiero que sepas que ha sido el Demonio el dueño tuyo. ¿Qué dices? Que yo lo soy. ¡Con cuánto asombro te escucho! Para que veas, no solo que esclavo eres, pero cúyo. ¿Esclavo yo del Demonio? ¿Yo de un dueño tan injusto? Sí, que el alma me ofreciste, y es mía desde aquel punto. Luego, ¿no tengo esperanza, favor, amparo o recurso que tanto delito pueda borrar? No. Pues ya, ¿qué dudo? No ociosamente en mi mano esté aqueste acero agudo; pasándome el pecho sea mi voluntario verdugo. Mas, ¿qué digo? Quien de ti librar a Justina pudo, ¿a mí no podrá librarme? No, que es contra ti tu insulto; y Él no ampara los delitos, las virtudes sí. Si es sumo su poder, el perdonar y el premiar será en Él uno. También lo será el premiar y el castigar, pues es justo. Nadie castiga al rendido; yo lo estoy, pues lo procuro. Eres mi esclavo y no puedes ser de otro dueño. Eso dudo. ¿Cómo, estando en mi poder la firma que con dibujos de tu sangre escrita tengo? El que es poder absoluto y no depende de otro vencerá mis infortunios. ¿De qué suerte? Todo es vista, y verá el medio oportuno. Yo la tengo. Todo es manos; Él sabrá romper los nudos. Dejarete yo primero entre mis brazos difunto. Grande dios de los cristianos, a Ti en mis penas acudo. Ese te ha dado la vida. Más me ha de dar, pues le busco. ¿Cómo ha sido la prisión? Todos en su iglesia estaban escondidos, donde daban a su dios adoración; llegué con armadas gentes, toda la casa cerqué, prendilos y los llevé a cárceles diferentes. Y el suceso, en fin, concluyo con decir que, en esta ruina, prendí a la hermosa Justina y a Lisandro, padre suyo. Pues si riquezas codicias, puestos, honores y más, ¿cómo esas nuevas me das, Fabio, sin pedirme albricias? Si así estimas mis sucesos, las que me has de dar no ignoro. Di. La libertad de Floro y Lelio, que tienes presos. Aunque yo con su castigo parece que escarmentar quise todo este lugar, si la verdad, Fabio, digo, otra es la causa por que presos han vivido un año, y es que así de Lelio el daño como padre aseguré. Floro, su competidor, tiene deudos poderosos, y estando los dos celosos y empeñados en su amor, temí que habían de volver otra vez a la cuestión; y hasta quitar la ocasión no me quise resolver. Con este intento buscaba algún color con que echar a Justina del lugar, pero nunca le encontraba. Y pues su virtud fingida no solo ocasión me da hoy de desterrarla ya mas de quitarla la vida, no estén más presos; y así, a sus prisiones irás y con brevedad traerás a Lelio y a Floro aquí. Beso mil veces tus pies por merced tan peregrina. Ya está en mi poder Justina, presa y convencida. Pues, ¿qué espera mi rabia fiera, que ya en ella no ha vengado los enojos que me ha dado? A sangrientas manos muera de un verdugo. Vós mirad; que aquí la traigáis os mando hoy a la vergüenza, dando escándalo en la ciudad; porque si en palacio está, nada a darla vida baste. Los dos por quien envïaste están a tus plantas ya. Yo, que al fin solo deseo parecer tu hijo esta vez, mirándote como juez con los temores de reo, sino como padre airado con los temores de hijo obediente. Y yo colijo, viéndome de ti llamado, que es para darme, señor, castigos que no merezco; pero a tus plantas me ofrezco. Lelio, Floro, mi rigor justo con los dos ha sido, porque si no os castigara, padre, no juez, me mostrara. Pero teniendo entendido que en los nobles no duró nunca el enojo, y que ya quitada la causa está, intento, piadoso yo, haceros amigos luego; en muestras de la amistad aquí los brazos os dad. Yo el venturoso a ser llego en ser hoy de Floro amigo. Y yo de que lo seré doy mano y palabra. En fe de eso a libraros me obligo; que si el desengaño toco que de vuestro amor tenéis, no dudo que lo seréis. ¡Guarda el loco, guarda el loco! ¿Qué es esto? Yo lo iré a ver. En palacio tanto ruido, ¿de qué puede haber nacido? Gran causa debe de ser. Aqueste ruido, señor (escucha un raro suceso), es Ciprïano, que al cabo de tantos días ha vuelto loco y sin juicio a Antioquía. Sin duda que de su ingenio la sutileza le tiene en aqueste estado puesto. ¡Guarda el loco, guarda el loco! Nunca yo he estado más cuerdo, que vosotros sois los locos. Ciprïano, ¿pues qué es esto? Gobernador de Antioquía, virrey del gran césar Decio, Floro y Lelio, de quien fui amigo tan verdadero, nobleza ilustre, gran plebe, estadme todos atentos, que por hablaros a todos juntos a palacio vengo. Yo soy Cipriano; yo fui por mi estudio y por mi ingenio asombro de las escuelas y de las ciencias portento. Lo que de todas saqué fue una duda, no saliendo jamás de una duda sola confuso mi entendimiento. Vi a Justina y, en Justina ocupados mis afectos, dejé a la docta Minerva por la enamorada Venus. De su virtud despedido, mantuve mis sentimientos hasta que, mi amor pasando de un extremo en otro extremo, a un huésped mío que el mar le dio mis plantas por puerto, por Justina ofrecí el alma, porque me cautivó a un tiempo el amor con la esperanza y con ciencias el ingenio. Deste discípulo he sido, esas montañas viviendo, a cuya docta fatiga tanta admiración le debo que puedo mudar los montes desde un asiento a otro asiento; y aunque puedo estos prodigios hoy ejecutar, no puedo atraer una hermosura a la voz de mi deseo. La causa de no poder rendir ese monstruo bello es que hay un dios que la guarda, en cuyo conocimiento he venido a confesarle por el más sumo y inmenso. El gran dios de los cristianos es el que a voces confieso; que aunque es verdad que yo ahora esclavo soy del infierno, y que con mi sangre misma hecha una cédula tengo, con mi sangre he de borrarla en el martirio que espero. Si eres juez, si a los cristianos persigues duro y sangriento, yo lo soy, que un venerable anciano en el monte mesmo el carácter me imprimió, que es su primer sacramento. Ea, pues, ¿qué aguardas? Venga el verdugo y de mi cuello la cabeza me divida, o con extraños tormentos acrisola mi constancia; que yo rendido y resuelto a padecer dos mil muertes estoy, porque a saber llego que sin el gran dios que busco, que adoro y que reverencio, las humanas glorias son polvo, humo, ceniza y viento. Tan absorto, Ciprïano, me deja tu atrevimiento, que imaginando castigos a ninguno me resuelvo. Levántate. Desmayado, es una estatua de yelo. Aquí está, señor, Justina. Verla la cara no quiero. Con ese vivo cadáver todos sola la dejemos; porque cerrados los dos, quizá mudarán de intento viéndose morir el uno al otro; o sañudo y fiero, si no adoraren mis dioses, morirán con mil tormentos. Entre el amor y el espanto confuso voy y suspenso. Tanto tengo que sentir que no sé qué es lo que siento. ¿Todos os vais sin hablarme? Cuando yo contenta vengo a morir, ¿aun no me dais muerte porque la deseo? Mas sin duda es mi castigo, cerrada en este aposento, darme muerte dilatada acompañada de un muerto, pues solo un cadáver me hace compañía. ¡Oh tú, que al centro de donde saliste vuelves, dichoso tú, si te ha puesto en este estado la fe que adoro! Monstruo soberbio, qué aguardas, que no desatas mi vida en... ¡Válgame el cielo! ¿No es Justina la que miro? ¿No es Cipriano el que veo? Mas no es ella, que en el aire la finge mi pensamiento. Mas no es él; por divertirme, fantasmas me finge el viento. Sombra de mi fantasía. Ilusión de mi deseo. Asombro de mis sentidos. Horror de mis pensamientos. ¿Qué me quieres? ¿Qué me quieres? Yo no te llamo; ¿a qué efecto vienes? ¿A qué efecto tú me buscas? Ya en ti no pienso. Yo no te busco, Justina. Ni yo a tu llamada vengo. ¿Pues cómo estás aquí? Presa. ¿Y tú? También estoy preso. Pero tu virtud, Justina, dime, ¿qué delito ha hecho? No es delito, pues ha sido por el aborrecimiento de la fe de Cristo, a quien como a mi dios reverencio. Bien se lo debes, Justina; que tienes un dios tan bueno que vela en defensa tuya. Haz tú que escuche mis ruegos. Sí hará, si con fe le llamas. Con ella le llamo; pero aunque dél no desconfío, mis extrañas culpas temo. Confía. ¡Ay, qué inmensos son mis delitos! Más inmensos son sus favores. ¿Habrá para mí perdón? Es cierto. ¿Cómo, si el alma he entregado al Demonio mismo en precio de tu hermosura? No tiene tantas estrellas el cielo, tantas arenas el mar, tantas centellas el fuego, tantos átomos el día ni tantas plumas el viento como Él perdona pecados. Así, Justina, lo creo; y por Él daré mil vidas. Pero la puerta han abierto. Entrad, que con vuestros amos aquí habéis de quedar presos. Si ellos quieren ser cristianos, ¿acá qué culpa tenemos? Mucha, que los que servimos harto gran delito hacemos. Huyendo del monte vine de un riesgo a dar a otro riesgo. A Justina y a Cipriano el gobernador Aurelio llama. Feliz yo mil veces, si es para el fin que deseo. No te acobardes, Cipriano. Fe, valor y ánimo tengo; que si de mi esclavitud la vida ha de ser el precio, quien el alma dio por ti, ¿qué hará en dar por Dios el cuerpo? Que te querría en la muerte dije; y pues a morir llego contigo, Cipriano, ya cumplí mis ofrecimientos. ¡Qué contentos a morir van! Mucho más contentos los tres a vivir quedamos. No mucho, que falta un pleito que averiguar; y aunque esta no es ocasión, por si luego no hay lugar, no será justo que echemos a mal el tiempo. ¿Qué pleito es ese? Yo he estado ausente... Di. ...un año entero, y un año Moscón ha sido sin mi intermisión tu dueño; y a rata por cantidad, para que iguales estemos, otro año has de ser mía. ¿Pues de mí presumes eso, que había de hacerte ofensa? Los días lloraba enteros que me tocaba llorar. Y yo soy testigo dello; que el día que no era mío guardé a tu amistad respeto. No era hoy día de plegaria. Sí era, que si bien me acuerdo, el día que me ausenté era mío. Ese fue yerro. Ya sé en lo que el yerro ha estado: este fue año de bisiesto y fueron pares los días. Yo me doy por satisfecho; porque no lo ha de apurar todo el hombre. Mas, ¿qué es esto? La casa se viene abajo. ¡Qué confusión! ¡Qué portento! Sin duda se ha desplomado la máquina de los cielos. Apenas en el cadahalso cortó el verdugo los cuellos de Cipriano y de Justina cuando hizo sentimiento toda la tierra. Una nube, de cuyo abrasado seno abortos horribles son los relámpagos y truenos, sobre nosotros cae. Della un disforme monstruo horrendo en las escamadas conchas de una sierpe sale; y, puesto sobre el cadahalso, parece que nos llama a su silencio. Oíd, mortales, oíd lo que me mandan los cielos que en defensa de Justina haga a todos manifiesto: Yo fui quien por disfamar su virtud, formas fingiendo, su casa escalé y entré hasta su mismo aposento; y porque nunca padezca su honesta fama desprecios, a restitüir su honor de aquesta manera vengo. Ciprïano, que con ella yace en feliz monumento, fue mi esclavo; mas borrando con la sangre de su cuello la cédula que me hizo, ha dejado en blanco el lienzo. Y los dos, a mi pesar, a las esferas subiendo del sacro solio de Dios, viven en mejor imperio. Esta es la verdad; y yo lo digo porque Dios mesmo me fuerza a que yo la diga, tan poco enseñado a hacerlo. ¡Qué asombro! ¡Qué confusión! ¡Qué prodigio! ¡Qué portento! Todos estos son encantos que aqueste mágico ha hecho en su muerte. Yo no sé si los dudo o si los creo. A mí me admira el pensarlos. Yo solamente resuelvo que si él es mágico, ha sido el mágico de los cielos. Pues dejando en pie la duda del bien partido amor nuestro, al mágico prodigioso pedid perdón de los yerros.